El avión

10 de febrero, 2020| Cuento no ganador del un tanto controvertido concurso de la revista Letras Libres

 

Gabriela Galindo

 

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. No sabía si era real o era parte de uno de esos sueños extraños que solía tener, aún recordaba con viveza aquel sueño en donde, atrapado en una azotea de un edificio en construcción y temiendo por su vida, se había lanzado al vacío sostenido únicamente por una delgada liana que había trenzado con el cabello de una dama quien, generosamente, se había cortado su larga cabellera para salvarle la vida.

— Fue el vodka, pensó, con el tequila nunca sueño tan raro.

Se levantó con dificultad, se tomó un alka-seltzer que encontró en el baño y de inmediato pasó a olvidar lo del avión. Aún amodorrado y con dolor de cabeza se dirigió a la cocina, no sin antes ponerse las chanclas, pues su nuevo casero le había advertido con severidad que en esa casa, había alacranes.

— No matan, no se preocupe. Pero si le pica uno, le va a doler un chingo...

Esta advertencia fue suficiente para cambiar uno de sus hábitos más queridos: andar descalzo.
Una vez ingerida una cantidad suficiente de cafeína, de pronto, la imagen del avión presidencial se hizo muy presente.

— ¡No manches! ¿será que si me lo gané?

Entre la desvelada y la intensa cruda, creía recordar que la noche anterior al llegar a casa, había visto un mensaje que su hermana le envió por WhatsApp diciendo que había salido ganador de la controvertida rifa del avión presidencial. Mensaje que, por cierto, había borrado de inmediato, tal como hacía con todo lo que le llegaba por ese aparato endemoniado, mismo que, su hermana le había regalado bajo la amenaza de que si no lo usaba no volvería a dirigirle la palabra. Borrar todo era la única manera que tenía para expresar su aversión a los teléfonos sin que Suzy se diera cuenta. Pensando en Susana, la imagen del avión volvió a su cabeza, así que, tomó el teléfono y abrió los mensajes.

— Tal vez no lo borré, estoy casi seguro que Susana decía algo de que me gané el dichoso avión del Peje... segurito que me está tomando el pelo.

Nada. Ni un mensaje, y con su falta de destreza con la tecnología, no sabía si realmente lo había borrado o simplemente no sabía como encontrarlo dentro de ese monstruoso aparatejo. Primero pensó en hablarle a Suzy pero sabía que estaba en su oficina y le tienen prohibido hablar por celular. Luego, pensó en hablarle a Tito, su sobrino, que siempre está pegado al teléfono.

— Aunque solo tiene 9 años, él seguramente sabe cómo recuperar los mensajes.

Pero Tito a esta hora estará en la escuela y también le prohíben usar el teléfono. Entonces, pensó en la escuela, que era la misma donde él había cursado la primaria y se acordó de la maestra Margarita esa, que le zumbaba de reglazos en la mano cada vez que se le daba la gana y se acordó de cuántas veces pensó en ponerle una araña venenosa en su bolso.

— Me cae que si en este cochino lugar sale un alacrán, lo voy a guardar y voy a buscar a esa bruja para que le pique.

La cara de la maestra Margarita se le quedó plasmada en la frente por un largo rato, sentía de cerca sus pequeños ojos tras los gruesos lentes verdes, mientras se duchaba y se afeitaba con una vieja navaja que sólo acabó por dejarle la cara toda roja pero llena de pelos. Cuando estaba terminando de vestirse, escuchó por sobre su cabeza el sonido del motor de un avión.

— ¡El avión! ... el aviooooooón, el aviooooón.

Riendo un poco por la asociación inmediata que había hecho con aquel pequeño personaje de un programa televisivo de su infancia, se dirigió a su estudio con la idea de consultar sus correos y verificar por fin, si aquello del avión había sido o no, un sueño. El estudio, era en realidad un clóset al que le sacó todos los anaqueles, ya que fue el único lugar, en su nuevo mini apartamento, donde cabía su escritorio. Entrar en el diminuto espacio requería de mucha habilidad, con la puerta a medio abrir (la silla obstruía el paso y sólo dejaba una ranura que, con un par de kilos de más, hubiese sido imposible pasar). Para poder entrar por aquella rendija, había que girar el cuerpo unos cuantos grados, estirar la pierna derecha y colocar el pie cuidadosamente entre la silla y la pata del escritorio, con el pie firme en el suelo, restaba hacer un poco de equilibrio y sostenerse por unos segundos en diagonal, pasar la pierna izquierda por arriba de la silla para, finalmente, dar un pequeño brinquito, bien calculado, y caer sentado de lleno frente al escritorio.

A una semana de involuntariamente habitar este nuevo espacio, cada vez que entraba al estudio no podía evitar el recordar con rencor y desde sus más profundas entrañas a su ya no muy querida exnovia, quien le había echado de su apartamento por razones aún inciertas (aunque tenía sus sospechas de que un tal Rubén, colega de su ex, había tenido algo que ver), pero ella y sólo ella, era la culpable de que, cada mañana, tuviera que realizar tan sofisticados malabares para ver su condenado correo electrónico.

Una vez sentado frente al escritorio, encendió la computadora. Mientras salían esas bolitas que dan vueltas y vueltas y vueltas, miró hacia la esquina superior del estudio-clóset y ahí estaba, un rechoncho y oscuro alacrán que descansaba alegre y despreocupado, casi encima de su cabeza. Después de un pequeño sobresalto, se quedó muy quieto pensando en cuál sería la mejor estrategia para librarse de tan inminente peligro.

— No me va a matar, eso me dijeron, pero me va a doler un chingo.

Revolvió los cajones buscando algún botecito que sirviera de contenedor, encontró una cajita de clips de colores que pasó a vaciar en el mismo cajón. Ahora, había que resolver cómo alcanzarlo. Su movilidad, como ha de suponerse habiendo descrito el espacio disponible, era muy limitada. Con increíble destreza logró liberar sus largas piernas y lentamente se subió en el escritorio, con gran suavidad fue acercando el pequeño contenedor hacia donde se encontraba la presa. Estando ya a tan sólo un par de centímetros, el alacrán bruscamente levantó la cola y sin más, se dejó caer hasta el suelo.

El susto fue mayúsculo, su primera reacción fue darse de manotazos por todas partes para asegurar que la alimaña no le había caído en el cuerpo, luego, aún sobre el escritorio comenzó a mirar por todas partes. Pasados unos minutos lo encontró arrinconado junto a una de las patas de la silla. No fue fácil, tras varios intentos fallidos, tres brincos y un golpazo en la rodilla, finalmente logró atrapar al animal. Con la cajita bien cerrada (le puso un diurex por si acaso), la colocó junto al monitor para no perder de vista al enemigo.

— Ahora sí, Tito dice que con Google encuentras todo. ¡Te voy a encontrar maldita!

Pasadas casi dos horas, después de quedarse atrapado en YouTube viendo las cirugías plásticas más desastrozas, las 200 caídas más graciosas y 30 formas de reutilizar botellas de plástico, apareció entre los cientos de entradas el nombre de Margarita Sánchez Peñaloza, maestra dedicada con más de 50 años de labor docente, quien a sus 93 años, tras una breve dolencia, había fallecido esa misma mañana. La nota terminaba con el aviso de que la estarían velando en la Funeraria Farnés, donde se oficiaría una misa por el sufragio de su alma, a las 6 p.m.

Su obsesión ya era tan grande que, incluso, llegó a pensar en ir a la funeraria, con todo y alacrán.

Cansado, frustrado y enojado consigo mismo por haber perdido más de la mitad de la mañana en una tarea tan inútil como insolente, apagó la computadora y emprendió el complicado ritual de equilibrista para salir de aquel minúsculo y sofocante espacio. Tomó la cajita con el alacrán, sus llaves y salió a la calle.

El sol de mediodía le alivió el ánimo, caminó hacia la miscelánea de Doña Lupe, le regaló el alacrán a su hijo que estaba haciendo cucuruchos de periódico para despachar las verduras pues ya prohibieron dar bolsitas. Compró unos cigarros y un boing de guayaba que bebió con alegría. Al llegar a la esquina se topó con Don Gilberto, un viejillo medio sordo y gracioso, dueño de la peor tlapalería de la zona y quien a gritos le dijo:

— ¡Ande usted, pero si es nada menos que el suertudo!

— ¿El suertudo?

— ¿Pos no es usted el del avión?

— ¿El avión? ... y en su cabeza volvió a resonar esa vocecita: el aviooooooón, el aviooooón.

— ¿O no es usted?

— Nooo Don Gilberto, yo creo que no, pero deje le cuento que, lo que si es curioso, es que justo anoche soñé que me había ganado un avión en una rifa.

— ¡Órale! Eso si ta gueno... pos menos mal que fue un sueño jefe, ¿se imagina al pobre pendejo que se lo ganó?

Con forzada sonrisa, se despidió del viejo, respiró profundo y sin levantar la cabeza por temor a que alguien más lo fuese a reconocer, se encaminó hacia la parada del metro. Bajó lentamente las escalinata y parado en el andén, entre más se acercaba el tren, más se acercaba él a la orilla. Metió las manos en los bolsillos y justo cuando el tren apareció en la boca del túnel, con un movimiento brusco, sacó la mano de la bolsa y aventó el teléfono a las vías.

— Al diablo con Suzy y su teléfono, ahora que lo pienso, yo ni siquiera compré boletos de la mentada rifa.

 


Cuento presentado en el concurso propuesto por la revista Letras Libres, “De ficción a ficción”. Mismo que ha sido acusado de ser un fraude ya que el ganador fue Eric Uribares, quien al parecer es, o ha sido, colaborador de dicha revista, aún cuando en las bases del concurso estipularon que no podrían participar trabajadores ni colaboradores de Letras Libres. Posteriormente Letras Libres aclaró que su convocatoria decía que sí podían participar colaboradores que no hubiesen publicado antes del 2009, por lo que el ganador era legítimo (sic).

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